Idilio

 

El placer tiene cinco soles

dos compases, un vaivén

e innumerables senderos.

Empiezo a recorrerlos

con un beso en tu cuello

y un temblor que baja por tu espalda

en círculos concéntricos.

Mis labios y mi lengua

se dispersan por tu cuerpo

con oleadas infinitas,

trazos que buscan trasnocharse

en tu cintura, derramar

su calor en tu entrepierna

y dejarte suspendida, fascinada

con los ojos en blanco

y con las piernas temblando.





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