La cata


Antes que nada, una disculpa que el exceso de curro me ha mantenido alejado.

El fin de semana pasado tuvimos un evento familiar consistente en una cata de mezcal, una bebida tradicional del Estado de Oaxaca, de donde era mi padre y de donde es, por consiguiente la vertiente paterna de mi familia.

¿Solo una foto? Me dijiste. Pues sí, solo hice una foto del evento. Sorry, pero a través de mis palabras y de mi corazón te haré un acercamiento del suceso.

El sábado temprano empezaron a traer las cosas, un anafre de carbón con su carbón y sus astillas de ocote para encenderlo, sillas y mesas plegables, y las viandas consistentes en quesillo, queso de aro, cecina natural y enchilada, tortillas tlayudas, asiento, frijoles refritos para untar y un chorizo de la región que era una verdadera delicia. Yummy yummy.

Más tarde fueron llegando los primos, y la tía Lilia, principal organizador. Había primos que no veían desde hace diez o veinte años y el principal promotor y empresario del mezcal, el primo Eliuth, con quien he tenido un trato más asiduo, pero tenía un par de años sin verlo, cuando dejo el negocio de los antros para meterse de predicador cristiano.

Preparamos en casa de mi hermano una especie de  auditorio, con las mesas con las botellas encima de estas, como templete y varia filas de sillas enfrente. Éramos como veinte personas entre primos, primas, esposas e hijos de estos, o sea, sobrinos y sobrinas.

Cuando todo estaba organizado y mi primo tomó su lugar en el templete, no pude evitar soltar un chascarrillo: ¡Nomás no vayas a predicar, eh! A lo que todos  - el primo incluido – soltaron la carcajada.

Vino su plática contando la historia del mezcal, de cómo fue una bebida demonizada y prohibida durante la colonia pero se seguía elaborando, vendiendo y consumiendo en el mercado negro. Posteriormente, en el siglo XVIII volvió a permitirse su producción en algunas comunidades indígenas (eran quienes lo consumían. No era bien visito que la gente blanca, criolla o mestiza lo consumiera)

·         Luego de relatar la historia de la bebida, habló de los tipos de agave con que se produce, el espadín, el más común y comercial, El arroqueño, el Papalote, El jabalí, el Tobalá y el Tepextate. Conforme iba relatando las características de cada uno, nos daba a probar las bebidas extraídas de cada una de estas especies. Mi favorito fue el Tepextate, pues siento que deja en el paladar el sabor a tierra y cactus.

La forma de tomarlo, primero se acerca el vaso a las fosas nasales y se inhala, esto para que al momento de tomarlo no sientas de golpe el sabor a alcohol, esta inhalación sirve también para identificar (cuando ya conoces) de qué tipo de agave es el mezcal que estás a punto de beber.

Dije beber, pero lo cierto es que el mezcal no se bebe, se besa para irle tomando cariño e irse familiarizando con su ímpetu espiritual. Justo como hago yo con mi tomatita, pensé.

Las botanas también eran diferentes según el tipo de mezcal que se probara, pistachos, chocolate, chapulines, rodajas de naranja, sal de gusano…. El primo guiaba cual consumir con cada cual y con cual limpiar el paladar para la siguiente cata.

Antes de la cata, comimos tlayudas con sus respectivas carnes (cecina y cecina enchilada) y chorizos asados al carbón, para no hacerlo con el estómago vacío, y después de la cata, más tlayudas pues el mezcal es un aperitivo que funciona muy bien y te provoca un hambre marca diablo.

Esto es, a groso modo un relato de la cata familiar. Obvio que al terminar la cata yo andaba un poco mareado y decían los primos que sonrojado por los efluvios (como mi tomtatita, pensé nuevamente) y me sentí bello como ella.

Y para que no me digan, ¿Nomás una foto? Les dejo otra más que me enviaron los primos. Mi primo, quien dirigió la cata y su hija en primer plano. 






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